La capacidad o la incapacidad de dirigir la propia atención es un determinante esencial del éxito o el fracaso de cualquier operación práctica. Con la ayuda de la función indicativa de las palabras, el niño comienza a dominar su atención creando nuevos centros estructurales en la situación percibida. El pequeño evalúa la importancia relativa de los elementos que percibe en una situación determinada, escogiendo las “imágenes” de su entorno y ampliando así las posibilidades de controlar sus actividades.
Por otra parte para reorganizar su campo visual y espacial, el niño, con la ayuda del lenguaje, crea un campo temporal que para él, es tan perceptible y real como el campo visual. El niño que domina ya el lenguaje tiene la capacidad de dirigir su atención de un modo dinámico, esto le ayuda a poder pensar en presente, pasado y futuro.
Es decir, el campo de atención del niño abarca, no sólo uno sino, todos los campos perceptivos potenciales. La posibilidad de combinar elementos de los campos visuales presentes y pasados en un solo campo de atención conduce, a su vez, a una reconstrucción básica de otra función vital, la memoria.
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